Cultivé amistad con José José por casi 40 años, en varias ocasiones le acompañé a sus eventos y asistí a su casa en el Pedregal de San Ángel. Guardo grandes recuerdos y enseñanzas que, sin proponérselo, me obsequió. Quizá por eso es que en el año 2000 inicié gestiones para que la entonces Delegación Cuauhtémoc le develara un busto que homenajeara su andar artístico en la demarcación donde nació el «Príncipe de la Canción».
Pero antes de profundizar en esa historia, es pertinente compartir contigo algo sobre mi trayectoria como artista y sobre la posición política que tomé dada mi cercanía con Andrés Manuel López Obrador cuando decidí apoyar con mi música —con mi voz y mis canciones— causas nobles y justas. Para mí fue natural entender que el arte no puede existir ajeno a la realidad que nos rodea. La música tiene el poder de traspasar barreras, de llegar donde otras formas de comunicación no alcanzan. Una canción puede ser el grito de los sin voz, el eco de los silenciados, la memoria de los olvidados. Comprender esto implica asumir la responsabilidad de sostener una guitarra, de enfrentarse a un micrófono, de escribir versos que miles repetirán.
Por eso, en algún momento, me uní a grupos sociales y políticos afines a mis ideales. No fue por conveniencia, sino por coherencia: quería que mis canciones y mis actos fueran un reflejo de los mismos valores. Así conocí a figuras que años después ocuparían cargos relevantes en el gobierno de México. Los traté cuando aún eran luchadores sociales, cuando sus nombres no resonaban en los medios ni sus rostros se reconocían en las calles. Los acompañé en trincheras compartidas, en la defensa de derechos, en la búsqueda de una sociedad más justa.
Mi postura política nunca ha sido un secreto ni un recurso para ganar aplausos. Es, simplemente, una extensión de mi compromiso con la verdad, la justicia y la dignidad humana —los mismos valores que he intentado plasmar en mis canciones—. No todos los artistas eligen este camino, y respeto profundamente a quienes mantienen su arte alejado de lo social. Pero para mí, separar la música de la realidad sería como desviar un río de su cauce o desconectar la luna de las mareas.
Esta decisión ha tenido un precio: puertas cerradas, oportunidades perdidas, amistades que se enfriaron. He vivido la polarización que genera tomar partido y el rechazo que provoca defender ciertas causas. Pero también he conocido la satisfacción de la coherencia, el abrazo de quienes se ven reflejados en mis palabras y la certeza de que mi música sirve para algo más que entretener.
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