Raúl Martell
El abrazo de José José — Raúl Martell
Crónica · Vivir como Artista

El abrazo de José José

Por Raúl Martell

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I · La amistad

El abrazo que me obsequió José José

Cultivé amistad con José José por casi 40 años, en varias ocasiones le acompañé a sus eventos y asistí a su casa en el Pedregal de San Ángel. Guardo grandes recuerdos y enseñanzas que, sin proponérselo, me obsequió. Quizá por eso es que en el año 2000 inicié gestiones para que la entonces Delegación Cuauhtémoc le develara un busto que homenajeara su andar artístico en la demarcación donde nació el «Príncipe de la Canción».

Pero antes de profundizar en esa historia, es pertinente compartir contigo algo sobre mi trayectoria como artista y sobre la posición política que tomé dada mi cercanía con Andrés Manuel López Obrador cuando decidí apoyar con mi música —con mi voz y mis canciones— causas nobles y justas. Para mí fue natural entender que el arte no puede existir ajeno a la realidad que nos rodea. La música tiene el poder de traspasar barreras, de llegar donde otras formas de comunicación no alcanzan. Una canción puede ser el grito de los sin voz, el eco de los silenciados, la memoria de los olvidados. Comprender esto implica asumir la responsabilidad de sostener una guitarra, de enfrentarse a un micrófono, de escribir versos que miles repetirán.

Por eso, en algún momento, me uní a grupos sociales y políticos afines a mis ideales. No fue por conveniencia, sino por coherencia: quería que mis canciones y mis actos fueran un reflejo de los mismos valores. Así conocí a figuras que años después ocuparían cargos relevantes en el gobierno de México. Los traté cuando aún eran luchadores sociales, cuando sus nombres no resonaban en los medios ni sus rostros se reconocían en las calles. Los acompañé en trincheras compartidas, en la defensa de derechos, en la búsqueda de una sociedad más justa.

Separar la música de la realidad sería como desviar un río de su cauce o desconectar la luna de las mareas.

Mi postura política nunca ha sido un secreto ni un recurso para ganar aplausos. Es, simplemente, una extensión de mi compromiso con la verdad, la justicia y la dignidad humana —los mismos valores que he intentado plasmar en mis canciones—. No todos los artistas eligen este camino, y respeto profundamente a quienes mantienen su arte alejado de lo social. Pero para mí, separar la música de la realidad sería como desviar un río de su cauce o desconectar la luna de las mareas.

Esta decisión ha tenido un precio: puertas cerradas, oportunidades perdidas, amistades que se enfriaron. He vivido la polarización que genera tomar partido y el rechazo que provoca defender ciertas causas. Pero también he conocido la satisfacción de la coherencia, el abrazo de quienes se ven reflejados en mis palabras y la certeza de que mi música sirve para algo más que entretener.

II · Un encuentro inolvidable

Para dar contexto a la foto

Para dar contexto a la foto que encabeza este documento, me centraré en una tarde del año 2000, en el Zócalo de la Ciudad de México. Dolores Padierna Luna, entonces jefa delegacional de lo que hoy es la Alcaldía Cuauhtémoc, celebraba junto a una multitud el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador como jefe de gobierno. La atmósfera era de euforia, con música y vítores llenando la plaza.

En medio de la festividad, y estando a un lado de Dolores Padierna, le expresé en tono melancólico:

—Y pensar que José José quería cantar hoy aquí para celebrar este triunfo.

Ella me miró incrédula:

—¿Tú conoces a José José?

—Es mi amigo —respondí con naturalidad.

Su escepticismo creció:

—¿En serio? ¿De verdad lo conoces?

—Claro —afirmé—. Incluso te notifiqué por escrito el deseo de José de venir a cantar si triunfaba Andrés Manuel. Seguro que entre tantos asuntos, se te pasó.

—No te creo —replicó, con un desafío en la mirada.

Sin decir más, en ese momento y a pesar de la algarabía que había a nuestro alrededor, marqué al número que José José me había dado años atrás: «Con este número me encontrarás en cualquier parte del mundo». Tras unos tonos, escuché su voz inconfundible:

—¿Aló?

—José, soy Raúl Martell. Estoy con la delegada de Cuauhtémoc. ¿Puedo ponerla al teléfono? Quiere saludarte.

—¡Claro! Con gusto —respondió con la generosidad que lo caracterizaba.

Al entregarle el teléfono a Dolores, vi cómo su expresión cambiaba:

—¡Hola, José! ¡Soy tu fan número uno! —exclamó, con una emoción que delataba su genuina admiración.

Tras breves palabras con él, Dolores me devolvió el celular y susurró:

—Invítalo a comer.

Yo lo hice y José José aceptó sin dudar:

—La próxima semana estaré en México. Coordinemos, me dijo.

III · La comida que lo cambió todo

El Rincón Vasco

El encuentro se realizó en El Rincón Vasco, cerca del Monumento a la Revolución. José José, Dolores Padierna, Virginia Jaramillo Flores —entonces directora de Desarrollo Social— y yo compartimos una comida inolvidable. Dolores, normalmente seria, irradiaba felicidad. Era evidente que, por un momento, la política quedaba atrás y emergía la fan que había crecido con sus canciones.

Hablamos de música, de anécdotas, incluso de política —en una mesa cercana, Diego Fernández de Ceballos, adversario de Dolores, cenaba con su comitiva y José bromeó al respecto—. Pero en nuestro grupo prevaleció el arte como puente.

Fue entonces cuando retomé una idea que ya había planteado a Dolores en privado: realizar un busto a José José en la hoy Alcaldía Cuauhtémoc.

—Sería un gran homenaje que la delegación donde José José nació tuviera un busto suyo.

Todos brindamos por la iniciativa. Al terminar, quedé como enlace para hacerla realidad. Era un proyecto ambicioso: honrar a un ícono que trascendió la música para convertirse en símbolo de México.

IV · Años después

El busto se hizo realidad

El busto finalmente se concretó, aunque no durante la gestión de Dolores Padierna, sino cuando Virginia Jaramillo asumió como jefa delegacional de Cuauhtémoc. Virginia, quien había estado presente en aquella comida memorable y en las posteriores reuniones con José José en el edificio de la alcaldía, conocía bien el proyecto. Gracias a ello, fue sencillo dar seguimiento y culminar, bajo su mandato, este homenaje al Príncipe de la Canción.

El escultor elegido por Virginia capturó con maestría no solo los rasgos físicos de José José, sino también su esencia: aquella mezcla de melancolía y dignidad que lo caracterizaba. El artista trabajó con dedicación, y José José, siempre accesible a pesar de su fama, posó con paciencia en cada sesión. Recuerdo especialmente su humildad: entre toma y toma, compartía anécdotas con naturalidad, lejos de cualquier arrogancia. Era un hombre agradecido, consciente del valor simbólico que tendría aquella escultura para sus admiradores.

V · Un día para la historia

La develación

La develación ocurrió el 23 de septiembre de 2006 en el Parque Colonia —calles Altamirano y Sullivan, San Rafael—, a unos pasos de la Asociación Nacional de Actores. El Jardín del Arte se transformó ese día en un espacio donde confluyeron la solemnidad institucional y la alegría popular. Más de mil personas —periodistas, fans con discos y fotografías, curiosos— se congregaron para celebrar al ídolo cuya voz había acompañado sus vidas.

Junto al busto, se instalaron dos placas. La primera, protocolaria; la segunda, especial: «Del pueblo de México al Príncipe de la Canción», con mi caligrafía grabada en el metal. Esta idea de la frase testimonio, que fue grabada con mi letra, nació de un gesto conmovedor de José José: quien, al leerla, me dijo: «Hagámoslo con tu letra». Quería que mi participación en aquel homenaje quedara inmortalizada junto a su imagen.

Tras el discurso de Virginia Jaramillo, José José tomó la palabra. Su voz, ya desgastada por los años pero aún emotiva, agradeció a las autoridades y —para mí sorpresa— reconoció públicamente que la idea de ese busto había venido de mí, y agradeció también todo mi tiempo y trabajo para llegar a ese momento. Fue un acto de profunda emoción: verlo frente a su efigie en bronce, rodeado del cariño popular, era cerrar un círculo que había comenzado décadas atrás, cuando un joven cantautor llamó a la puerta de su hotel en Oaxaca, y hoy compartía con él este día que para muchos sería inolvidable.

VI · Legado y pérdidas

El arte verdadero siempre merece ser preservado

Hoy, las placas ya no están —víctimas del vandalismo que afecta a tantos monumentos—, pero el significado del homenaje perdura en quienes lo vivimos. Cada vez que paso frente al busto, recuerdo no solo al artista sublime, sino al amigo generoso que me permitió compartir algunos años su amistad. Siendo él el ídolo que fue, lo hizo siempre con sencillez, honestidad y sin pretensiones.

Este proyecto es una de mis mayores satisfacciones, no por su impacto público, sino por su valor humano: materializar el respeto y la admiración en un acto concreto. El busto celebra su legado musical, y también simboliza su conexión profunda y auténtica con la gente que lo admiró y quiso, más allá de la inmensa popularidad y fama que obtuvo.

La amistad, cuando nace de la admiración genuina, puede trascender lo personal para convertirse en patrimonio colectivo.

José José lo demostró, y su imagen en bronce lo atestigua: el arte verdadero siempre merece ser preservado para las generaciones futuras.

Texto tomado del libro «Vivir como Artista» de Raúl Martell

Vivir como Artista
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