Los artistas somos necesarios, damos identidad, orgullo, fama, prestigio a cada nación, ayudamos con la economía. Y no me mal interpretes, no hablo desde el ego, no es una cuestión de vanidad. Hablo desde el trabajo responsable, serio y profundo que significa dedicar la vida entera al desarrollo del arte. Sin embargo, en las últimas décadas, somos testigos —y principales afectados— de intentos cada vez más evidentes por desaparecer a todo aquel artista que hoy llaman «independiente». Habría que preguntarse: ¿independiente de qué o de quiénes? Un artista es aquel ser que nos conecta con nuestras emociones más profundas y con la identidad de una nación; un cronista de su tiempo que traduce la realidad en formas, y en el caso de los músicos, autores, compositores y cantantes, en sonidos y palabras. No obstante, vemos con preocupación cómo el espectáculo, entendido como mero producto de consumo rápido, ha dominado los espacios que deberían ser exclusivos para los creadores y para el público que busca en un evento algo más que entretenerse.
Ante esta realidad, surge una pregunta ineludible: ¿nos pretenden desaparecer? Esta reflexión pone sobre la mesa las múltiples muertes que los artistas padecemos a lo largo de nuestra vida. Iniciamos este camino creyendo, como muchos de mi generación, que el talento bastaba; que de pronto vendría un descubridor de talentos a abrirnos las puertas. Pronto aprendemos que el talento por sí solo no basta. Y poco a poco, a lo largo del ejercicio de nuestra vocación, nos vamos muriendo; no todos resisten las muertes y muchos abandonan. Porque sí, los artistas tenemos varias muertes y aquí te nombro algunas:
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