Raúl Martell
Raúl Martell, cantautor mexicano
Ensayo · 2026

La muerte de un artista

Por Raúl Martell

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Preludio · El ocaso del artista

Ningún país puede vivir sin sus artistas

Los artistas somos necesarios, damos identidad, orgullo, fama, prestigio a cada nación, ayudamos con la economía. Y no me mal interpretes, no hablo desde el ego, no es una cuestión de vanidad. Hablo desde el trabajo responsable, serio y profundo que significa dedicar la vida entera al desarrollo del arte. Sin embargo, en las últimas décadas, somos testigos —y principales afectados— de intentos cada vez más evidentes por desaparecer a todo aquel artista que hoy llaman «independiente». Habría que preguntarse: ¿independiente de qué o de quiénes? Un artista es aquel ser que nos conecta con nuestras emociones más profundas y con la identidad de una nación; un cronista de su tiempo que traduce la realidad en formas, y en el caso de los músicos, autores, compositores y cantantes, en sonidos y palabras. No obstante, vemos con preocupación cómo el espectáculo, entendido como mero producto de consumo rápido, ha dominado los espacios que deberían ser exclusivos para los creadores y para el público que busca en un evento algo más que entretenerse.

Ante esta realidad, surge una pregunta ineludible: ¿nos pretenden desaparecer? Esta reflexión pone sobre la mesa las múltiples muertes que los artistas padecemos a lo largo de nuestra vida. Iniciamos este camino creyendo, como muchos de mi generación, que el talento bastaba; que de pronto vendría un descubridor de talentos a abrirnos las puertas. Pronto aprendemos que el talento por sí solo no basta. Y poco a poco, a lo largo del ejercicio de nuestra vocación, nos vamos muriendo; no todos resisten las muertes y muchos abandonan. Porque sí, los artistas tenemos varias muertes y aquí te nombro algunas:

Aún en la llamada 4ta transformación, los monopolios del espectáculo están dominado todos los espacios, incluidos aquellos que deberían ser exclusivos para los artistas con propuestas únicas, con identidad propia.
I · La primera muerte

De artista te vas a
morir de hambre

La primera muerte llega con la frase: «De artista te vas a morir de hambre». Esa sentencia mata ilusiones, anhelos y emociones antes de que siquiera germinen. Muchas veces proviene de la propia familia, que con buena intención intenta persuadir al artista nato para que busque una profesión que garantice estabilidad económica: «Primero lo que deja y después lo que apendeja», recomiendan.

Quienes esto dicen ignoran que un artista que no ejerce su vocación no vive, sino que solo transita por su existencia. A lo largo de mi vida he conocido médicos, abogados y técnicos que me han confesado: «Yo también quise dedicarme a la música, pero…», y ahí comienzan los peros, que son muchos. No son pocos los que, años después en un reencuentro, me han dicho: «Te felicito por seguir en la música». Vivimos en una sociedad que ha establecido el dinero como el único estatus de éxito. Hoy, con la vocación trastocada, es fácil confundir al artista con cualquier producto comercial.

«De artista te vas a morir de hambre» no es un consejo, es una sentencia, es una condena.
II · La segunda muerte

Los malos tratos y la discriminación

Si sobrevivimos a la primera sentencia, nos topamos con la segunda muerte: los malos tratos y la discriminación. Existe un clasismo soterrado que mira hacia abajo al artista, reduciéndolo a un mero proveedor de servicios para amenizar eventos, sin reconocer su labor intelectual ni su formación.

Se nos exige excelencia, pero se nos trata con displicencia. Hay que callar ante las humillaciones de quienes ostentan un efímero poder económico, so pena de ser etiquetados como «difíciles» y quedar marginados del circuito. El artista es respetado solo de labios para afuera; en la práctica, se le somete a dinámicas de sumisión que socavan su dignidad. Esta muerte es silenciosa: mata la autoestima y el orgullo por el oficio.

III · La tercera muerte

El pago miserable

La tercera muerte es administrativa y económica: el pago miserable. A pesar de los años de formación, de las horas de ensayo y del capital invertido en instrumentos, se nos solicita trabajar «por exposición» o por tarifas que no cubren ni el traslado. Existe la falsa premisa de que el arte es un hobby y, por ende, no merece una remuneración justa.

El arte requiere disciplina, técnica y sacrificio. Sin embargo, la industria normaliza el regateo y la precariedad. Esto obliga a muchos a abandonar su carrera o a aceptar condiciones que lindan con la explotación, devaluando la profesión en su conjunto y haciendo insostenible la dedicación plena al oficio. Nos matan cobrando como si nuestro esfuerzo no tuviera valor real.

IV · La cuarta muerte

Los contratos incumplidos

Sobrevivir a las tres anteriores nos lleva a la cuarta muerte: los contratos incumplidos. El artista firma un acuerdo, invierte tiempo y recursos, prepara el repertorio, y de pronto el promotor cancela, cambia las condiciones unilateralmente o, en el peor de los casos, desaparece sin pagar.

La falta de institucionalidad y de mecanismos legales ágiles nos deja en absoluto desamparo. Firmar un contrato en este gremio suele ser una formalidad sin peso, un papel que solo obliga al artista pero que no vincula al contratante. Esta inseguridad jurídica es una estocada que mata la confianza y la viabilidad de la carrera.

V · La sexta muerte

La muerte institucional

La sexta muerte es, quizá, la más aberrante: la muerte institucional. Los encargados de la Cultura en las instituciones de gobierno —salvo contadas y honrosas excepciones— suelen ser personajes carentes de credenciales artísticas o académicas para ocupar el cargo. Sin embargo, toman las riendas y ejercen un daño descomunal a la comunidad. Desde su posición, favorecen a sus círculos cercanos y se corrompen pagando sobreprecios obscenos a «artistas populares», llevándose jugosas tajadas en el proceso.

Para el artista independiente, el trato es meramente aparente. Los burócratas muestran un interés de fachada, pero en la práctica son absolutamente indiferentes. Ofrecen escuchar, prometen apoyos, pero la realidad es un desgaste sistemático: interminables citas a las cuales nunca acuden, oficinas que nunca abren y solicitudes que nunca se atienden. Es un laberinto diseñado para extinguir la voluntad del creador.

Es un laberinto burocrático diseñado para extinguir la voluntad del creador.

De proporcionar cultura real, ni hablamos. Dejan fuera de sus programaciones a los artistas independientes que no gozan de fama efímera ni obedecen a los dictados del mercado. Se excluye al que no encaja en lo que está de moda. Y esa moda, hoy en día, ha producido cientos de mamarrachos cuyo único fin es el entretenimiento banal, plagado de vulgaridades, letras mediocres y progresiones armónicas elementales que no ofrecen ninguna novedad ni aporte estético. Esta muerte, la que nos obsequia la institucionalidad, es vergonzosa y perniciosa.

VI · La muerte final

La falta de oportunidades

Finalmente, la muerte definitiva llega con la falta de espacios y oportunidades. Las oportunidades son elitistas, se consiguen por diferentes medios y casi nunca por talento. Para que un artista nato tenga foros, se hace necesario cumplir con ciertos requisitos: ser un «cae bien», callarse donde hablar resulta inconveniente o afinar relaciones con los filtradores culturales.

Los espacios legítimos están copados por el espectáculo y el comercio, no por el arte. Las puertas se cierran para quien no cede a las dinámicas de mercado o a los caprichos de los intermediarios. Esta ausencia de foros es el golpe de gracia, el exilio definitivo del artista que, a pesar de haber sobrevivido a todas las muertes anteriores, encuentra que ya no hay escenario donde existir.

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