Comencé a cantar profesionalmente a muy temprana edad; a los 18 años ya estaba integrado de lleno en la vida artística. Mucho antes de convertirme en un cantautor de temática social o de sentir algún interés por la política, acumulaba más de dos décadas de trayectoria. Mi existencia estaba dedicada por completo a la música popular. Tenía como meta triunfar en el espectáculo y, para 1999, ya contaba con una vasta producción musical forjada en los escenarios. Había viajado cantando por diversas ciudades de México y tuve la fortuna de llevar mi arte hasta Japón. Trabajé como productor para festivales de la talla de Valores Juveniles y como arreglista para el festival OTI. Mis composiciones ya eran interpretadas por figuras destacadas como Vikki Carr y Aída Cuevas, entre muchos otros. Era joven, estaba lleno de ilusiones y mantenía viva la esperanza de convertirme en una gran figura; mi realidad, en aquellos años, estaba muy alejada de las luchas sociales y de la política.
Desde hacía más de una década, mi rutina incluía presentaciones en bares, hoteles, restaurantes y centros nocturnos. Simultáneamente, estudiaba en la Facultad de Música de la UNAM y realizaba arreglos, transcripciones y producciones para otros artistas y compañías discográficas. También componía para cine y comerciales. Gracias a esta diversidad de actividades, mis ingresos eran regulares y me permitían vivir cómodamente. Lejos de cualquier presunción, pero como una referencia fiel de aquella época, baste decir que me compré un departamento en el sur de la Ciudad de México con las ganancias obtenidas en apenas seis meses. Nunca me preocupaba por conseguir trabajo; utilizaba un localizador (BIP) para recibir encargos y propuestas. Cuando no me llamaban para un proyecto, siempre surgía otro, como aquel en el que tuve el privilegio de trabajar durante 3 años con Angélica María, la afamada "novia de México".
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